12 dic. 2010

INFLUENCIA DE LOS PROFESIONALES EN LA SALUD DE LOS ENFERMOS

MAGISTER EN GESTIÓN Y CALIDAD EN INSTITUCIONES DE SALUD
MÓDULO LIDERAZGO Y HABILIDADES DIRECTIVAS
DEPARTAMENTO DE ADMINISTRACION Y ECONOMIA
ESCUELA DE ENFERMERIA
UNIVERSIDAD ARTURO PRAT

INFLUENCIA DE LOS PROFESIONALES EN LA SALUD DE LOS ENFERMOS

Por Brenda Pastén Salfate

INTRODUCCIÓN

En el siguiente trabajo, se analizan las características de la interacción del paciente con el profesional sanitario, con respecto a esta interacción con el profesional sanitario se destacan variables como la satisfacción del paciente y las características de la comunicación que establece con los profesionales.
La satisfacción del paciente consiste en un conjunto de evaluaciones de las dimensiones
del cuidado del profesional sanitario y es una respuesta afectiva a ésta, donde se distingue la
satisfacción específica y la global, la primera determinada por la percepción de las características
específicas del profesional de salud y la segunda es una apreciación más general del proceso de
interacción.
En el proceso salud enfermedad, desde los estilos de vida saludable, la adopción de
conductas preventivas, la optimización del diagnóstico y el tratamiento, la rehabilitación del
enfermo, hasta los aspectos relacionados con el cuidado del paciente terminal.
Actualmente, los profesionales de salud, tenemos interés en todos los aspectos que
intervienen en la determinación del estado de salud, en el riesgo de enfermar, en la condición de
enfermedad y en la recuperación, así como las circunstancias interpersonales que se manifiestan
en la prestación de servicios de salud a la población.
La ansiedad es tal vez la emoción con mayor peso como prueba científica, al relacionarla
con el inicio de la enfermedad y el desarrollo de la recuperación. Cuando la ansiedad ayuda a la
preparación para enfrentarnos a alguna situación importante, ésta es positiva; pero en la vida
moderna es frecuente que la ansiedad sea desproporcionada y se relacione con niveles elevados
de estrés.
En el personal sanitario, la ansiedad puede convertirse en angustia, de tal manera que
interfiere con la actividad diaria del individuo limitando su rendimiento, relación social y libertad
personal, afectando la calidad de atención de los pacientes.
En los pacientes se puede manifestar la ansiedad, cuando la enfermedad no presenta
síntomas visibles y se aplican programas para detectarla. Ej. VIH, cáncer de mama o útero en
etapas muy tempranas. En estos programas es importante intervenir con respecto a los costos
psicológicos de la participación de la población, por el estrés que provoca la espera de los
resultados y el malestar físico y emocional ante los procedimientos. También el riesgo de los falsos positivos con su secuela de miedos y ansiedades durante años y la desconfianza en los servicios de salud.
La aparición de los síntomas estimula la búsqueda de ayuda médica y se han investigado
los factores que pueden desencadenarla: una crisis interpersonal que sirve para llamar la atención, los síntomas son vistos como signos previos de enfermedades graves que son amenazantes por su naturaleza (ejemplo dolor) o estos amenazan una actividad social importante.
Sin embargo, el intervalo de tiempo que media entre el inicio de los síntomas y la decisión
del paciente de buscar ayuda médica es variable.
En este proceso inciden factores sociopsicológicos de diferente tipo: valores y creencias
individuales y familiares, diferencias económico-sociales, situación social concreta en la que
aparecen los síntomas, diferencia de sexos y edades, pero muy importantes resultan los
problemas psicológicos relacionados con la percepción de la enfermedad, como las atribuciones y
los estigmas.
En resumen, todas las enfermedades poseen un conjunto de atributos formados a partir
de las interacciones sociales que contienen juicios acerca de la relevancia de los síntomas, la
frecuencia de aparición, la visibilidad, el carácter amenazante, y la reversibilidad.
Algunos de ellos llamados estigmas, que fomentan determinadas actitudes hacia los
pacientes que las padecen e imprimen particularidades a las relaciones interpersonales y roles
sociales de éstos. Como ejemplo se puede citar las infecciones de transmisión sexual, el SIDA, el
cáncer, entre otras.
El tiempo de decisión con su carácter individual y el proceso de evaluación clínica de los
síntomas, determinan que la enfermedad pueda permanecer sintomática y sin un diagnóstico
preciso durante un tiempo; sin embargo, el desarrollo normal de su evolución lleva al diagnóstico y el paso a otra etapa.
En esta pequeña investigación, me encuentro con muchos factores que influyen en la
relación entre profesionales de la salud y paciente, de los cuales puedo destacar: empatía,
vocación de servicio público, espíritu de pertenencia, profesionalismo, bondad, sentimiento hacia
el paciente y sus necesidades, involucrarse con la situación que afecta al paciente, emociones
compartidas sin barreras, enseñanzas de un Ser Supremo, llámese Dios, Buda, Mahoma u otro,
según las creencias personales; espontaneidad, franqueza, naturalidad, en resumen amor y
respeto al prójimo.
Y también me encuentro con un término nuevo para mí, la RESILIENCIA, concepto que nos
enseña que – sujeto a una serie de condiciones tanto macro como microsociales - existe la
posibilidad de transformar las situaciones dolorosas en oportunidades de vida. Autores como
Rutter (2000) sostienen que el dolor, la adversidad, las crisis, las frustraciones, se constituyen en instancias a través de las cuales se logra el aprendizaje. Son instancias que entregan las
herramientas socioemocionales y cognitivas de forma que las situaciones de adversidad puedan
ser compensadas, neutralizadas o superadas.
A lo largo de la historia, la psicología centró su atención en la patología de los individuos
que, generalmente, incidía en las áreas que dificultaban que el sujeto se encontrara integralmente sano (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000). Esto ha cambiado gracias al surgimiento de la psicología positiva y el enfoque que Rogers (1997) muestra sobre la visión de la persona, en la que resalta sus recursos, fortalezas y le brinda aprecio positivo incondicional.
Algunas de las recientes investigaciones (Kern& Moreno, 2007; Martorelli & Mustaca,
2004; Suárez Ojeda & Melillo, 2001; Szarazgat & Glaz, 2006; VeranPoseck, Carbelo & Vecina, 2006) se han interesado por conocer la manera en que los individuos enfrentan exitosamente la
adversidad y las diferentes crisis que atraviesan en su desarrollo, cómo y qué es lo que aprenden de tales experiencias.

MARCO TEÓRICO
Se basa en la experiencia personal y la observación directa del equipo de salud, a través de
todo el ciclo de atención, iniciándose en la Atención Primaria de Salud, con el fomento y la
prevención, continuando con la atención de especialidades en la etapa diagnóstica, terapéutica y
de rehabilitación, que en algunas oportunidades requiere de la atención terciaria u hospitalización.
Desde personas sanas con factores de riesgo, pacientes ambulatorios, hospitalizados en
salas con camas básicas hasta pacientes graves con riesgo vital, inconscientes y enfermos con
patologías terminales. Todos con menor o mayor grado de ansiedad, estrés y expectativas de
satisfacción de sus requerimientos de salud.
En todo momento se presentan los problemas de comunicación, en el marco de la relación
del profesional de salud y paciente. Se han investigado aspectos que se deben tener en cuenta,
como las características y biografía del paciente, sus necesidades (cuánto y qué quiere saber
acerca de su enfermedad), si cuenta o no con apoyo social, si prefiere estar solo o acompañado y
se han formulado recomendaciones prácticas, éticas y legales que le imprimen un carácter
eminentemente humano a este acto, sobre todo cuando se tiene que manejar la comunicación de
un diagnóstico con pronóstico desfavorable.
De esta comunicación, se desprende la obligación del profesional de salud de informar al
paciente que está consciente y orientado, del problema de salud que padece, sus signos y
síntomas, de la evolución que puede sufrir, de los procedimientos que recibirá, las eventuales
complicaciones, y lo más importante de su consentimiento para que éstos sean efectuados.
Procedimiento de participación que no siempre se realiza, cometiendo una grave falta al respeto
que se debe demostrar, principalmente porque se trata de una persona que tiene el derecho de
conocer el proceso que está viviendo, y que muchas veces no practicamos, ya sea porque estamos cansados, de mal humor o simplemente no valoramos. Con esta actitud provocamos una reacción adversa en el paciente, de rechazo y mayor ansiedad por conocer el problema de salud que lo afecta.
Una vez que se informa la enfermedad diagnosticada, se produce una diferencia subjetiva
entre ésta y la forma que la percibe el que la padece y el significado que le confiere. El significado
personal de la enfermedad influye en la respuesta emocional y las conductas de afrontamiento a
ella. Así, esta puede percibirse como un fenómeno altamente estresante, como un reto, una
amenaza, una pérdida, un castigo o un beneficio o alivio a responsabilidades, situaciones
personales.
La conducta de afrontamiento, se refiere a la respuesta o conjunto de respuestas ante la
situación estresante, ejecutadas para manejarla y/o neutralizarlas, es decir proceso que incluye los intentos del individuo para adaptarse a la nueva situación.
Generalmente no estamos preparados, ni como profesionales, ni como personas, para
afrontar la muerte; sin embargo, los profesionales de la salud no deben nunca dejar de entregar la asistencia al enfermo terminal, así como tampoco debe hacerlo la familia.
Se debe investigar y elaborar recomendaciones científicamente fundamentadas, que
permitan lograr adecuadas estrategias de afrontamiento a la muerte en 3 direcciones:
_ La manera como el equipo de salud afronta la muerte del paciente terminal.
_ Los afrontamientos de los familiares.
_ La manera como el paciente afronta su propia muerte.
El equipo de salud debe desarrollar actitudes caracterizadas por cierta proximidad
interpersonal, pero manteniendo un respetuoso distanciamiento, debe centrarse en el enfermo y
respetar la intimidad de éste. Debe ayudarlo a reorientar su marco existencial y enriquecerlo
dentro de lo que sea posible.
En función de esto el paciente adopta su rol de enfermo. La aceptación del hecho de estar
enfermo, las consecuencias del rol y los deberes de éste, son aspectos psicológicos muy
importantes para la adaptación y ajuste a la enfermedad, así como para la adherencia al
tratamiento.
Ha sido interés sostenido en el área de las ciencias de la salud investigar los móviles que
llevan a los pacientes al cumplimiento o no las prescripciones orientadas por los médicos. Existen
conductas que describen problemas en la adherencia a los tratamientos: dificultades para su
inicio, suspensión prematura, cumplimiento incompleto o deficiente de las indicaciones, que se
expresan en errores de omisión, de dosis, de tiempo, de propósito (equivocación en el uso de uno
u otro medicamento), la ausencia a consulta e interconsultas, la ausencia de modificación de
hábitos y estilos de vida necesarios para el mejoramiento de la enfermedad y con una acentuada
connotación se destaca la práctica de automedicación.
Las dificultades en el cumplimiento de las indicaciones médicas fueron descritas desde
épocas tempranas en la historia de la medicina. Hipócrates ya alertó sobre la falta de fiabilidad de
los informes de los pacientes sobre la ejecución de los regímenes terapéuticos prescritos, con el
objetivo de evitar recriminaciones de los médicos.
En esta etapa, es muy importante ganar la confianza del paciente, aprendiendo a
escuchar, mirarlo mientras nos habla, la persona que está al frente percibe si estamos prestando
atención, si estamos atentas a lo que nos cuenta, o si nos importan sus planteamientos, y en base
a nuestra actitud, se desarrolla la empatía, el saber cómo se siente y cómo le afecta su
enfermedad, y de acuerdo a esta impresión se interesa realmente por las indicaciones que se le
entregan.
Se podrían emplear indistintamente 2 términos para referirse al acatamiento de las
indicaciones, ya sea médicas, de enfermería y de los cuidados en general: cumplimiento y
adherencia.
Se define el cumplimiento como el proceso a través del cual el paciente lleva a cabo
adecuadamente las indicaciones. Se considera que es la medida donde la conducta de una
persona, en término de toma de medicamentos, seguimiento de dietas, o de realización de
cambios de estilo de vida coincide con el consejo médico o sanitario.
El término adherencia se entiende como una colaboración activa y voluntaria del paciente
en un desarrollo de comportamiento aceptado de mutuo acuerdo, con el fin de producir un
resultado terapéutico deseado.
Este último hace énfasis en los componentes psicológicos, sobre todo consciente del
paciente, que lo inducen a estructurar una conducta de cumplimiento, por lo que es cada vez más
frecuente su uso en campo de la investigación sobre el tema.
Otro aspecto que se debe tener en cuenta es la comunicación que permite que el paciente
pueda comprender la información que se le está dando sobre la prescripción o recomendación y
constituye un primer paso para que la acepte, la recuerde y la cumpla.
Existe un grupo de determinantes que está constituido por aspectos psicosociales del
paciente. Se reconoce en primer lugar las creencias del paciente asociadas a la percepción de
amenaza a la salud o consecuencias ocasionadas por una enfermedad, a la estimación del riesgo
de enfermarse, por otro lado a la creencia de la persona de ser capaz de ejecutar la respuesta
necesaria y por último a la creencia de que la respuesta será eficaz.
Otro aspecto que se debe tener en cuenta es la motivación del paciente por la salud, las
características de sus procesos cognitivos, especialmente la memoria y de las redes de apoyo
social con que cuenta para incrementar la ejecución de las prescripciones.
El apoyo social puede contribuir a incrementar la ejecución de las prescripciones
terapéuticas, al animar al enfermo a mantener el régimen médico y ejecutar las acciones
necesarias para volver a la vida normal. Este puede provenir de la familia, los amigos o grupos de autoayuda.
La Psiconeuroinmunología ha demostrado en el transcurso de su evolución, la posibilidad de
que el sistema inmune esté mediado por factores psicológicos.
Ofrece estudiar y explicar la creencia común de que la personalidad y las emociones ejercen
alguna influencia sobre la salud, posee además el potencial para desarrollar intervenciones
psicológicas que puedan mejorar la inmunidad y por consiguiente modificar la predisposición al
inicio y el progreso de las enfermedades tanto infecciosas como de tipo crónico-degenerativas.

Las investigaciones realizadas hasta la fecha permiten afirmar que variables psicológicas son
capaces de influir en el sistema inmunitario fortaleciéndolo o debilitándolo y afectando a través de esta vía la salud. Existen numerosas evidencias que demuestran como las situaciones estresantes influyen en el sistema nervioso y pueden llevar a una supresión de la función inmune.
Un ejemplo clave es el poderoso impacto de las hormonas que se liberan con el estrés.
Mientras estas hormonas aumentan en todo el organismo, la función de las células inmunológicas
se ve obstaculizada, así el estrés anula la resistencia inmunológica, al menos de una forma
pasajera, pero si el estrés es constante e intenso esta anulación puede volverse duradera.
El trabajo en la institución hospitalaria se caracteriza por la intervención interdisciplinaria
de los profesionales médicos y no médicos de la salud en el proceso salud-enfermedad.
A lo largo de mi carrera profesional, he observado que los sentimientos y las emociones
positivas, tienen beneficios en la percepción optimista y esperanzadora de los enfermos, se une el valor de las relaciones personales como fuente para compartir estos sentimientos, mantener
estrechos contactos afectivos y para que los pacientes encuentren apoyo emocional en aquellos
momentos en que existe un desbalance en su salud. Y me refiero a desbalance porque se ha
producido un desequilibrio orgánico, en el mantenimiento de la salud.
Recuerdo el caso de un paciente medianamente joven, aproximadamente 45 años, que a
pesar de encontrarse grave y bajo sedación, intubado y en ventilación mecánica, se mantenía
conectado a su entorno, atingente y luchando por su vida. Con este paciente nos pasó de todo, las
complicaciones que nunca se habían presentado, las presentó él, y todas en un solo momento,
esos instantes fueron una combinación de esfuerzos, conocimiento, ciencia, experiencia, su deseo
de vivir y salir adelante se contagiaba con el equipo profesional que luchaba por tratar cada signo, cada síntoma de su enfermedad, pero fusionada la atención con un sentimiento de ganar juntos, el paciente y los profesionales que lo atendíamos. Ese paciente se salvó, y quedó en el equipo una sensación de respuesta a sus expectativas y necesidades. Me correspondió su traslado a Santiago, en ningún momento percibí que decayera, y ese sentimiento lo traspasaba, tanto así que estábamos seguros que sobreviviría, todo un equipo de profesionales de la salud unido por la fe y la esperanza, motivado y articulado tanto técnica como emocionalmente. Ese fue un ejemplo de entrega de fuerzas positivas, un día, quizás meses, ese paciente volvió con un trasplante de corazón, agradecido y emocionado, recordaba cada momento vivido en el Hospital, y nos contaba desde su perspectiva de enfermo, de qué forma sintió el apoyo de todo un grupo de profesionales que siempre sintió y deseó que continuara en este mundo.
De estos resultados se puede inferir, los beneficios médicos de los sentimientos y las
emociones positivas, las ventajas de la percepción optimista y esperanzadora de la existencia, a lo que se une el valor de las relaciones personales como fuentes para compartir los sentimientos
íntimos, mantener estrechos contactos afectivos y encontrar apoyo emocional y técnico.

Relación profesional de la salud-paciente, todos fuimos, somos o seremos pacientes, en
algún momento de nuestras vidas, y todos esperamos que la asistencia sea ética, respetuosa y que permita la comunicación.
La relación humanizada exige un diálogo en el cual exista comunicación, información y
fluidez, y no solamente en una trato directo con el paciente, en mi quehacer diario recibo
familiares de los enfermos que no pueden acercarse al Hospital, en estas ocasiones acude un
pariente que ya viene con un estrés, con una serie de condiciones que contribuyen a que
presenten sentimientos adversos.
¿Qué sucede cuando el profesional de salud no permite que exprese sus interrogantes,
preocupaciones y dudas?
El paciente, en este caso quien lo representa siente una actitud hostil y desfavorable, que
no permite expresar las circunstancias que lo aquejan, y menos resolverlas, por lo tanto se torna
agresivo y desagradable, incluso a veces amenazante.
Sin embargo, me ha sucedido que si la comunicación es bidireccional y el paciente se
apropia y protagoniza la situación, el diálogo facilita la comprensión, y mientras escucho
atentamente, me he llegado a sentir parte de la historia de enfermedad y empiezo a conocer el
sentimiento, la bondad que algunas personas entregan a sus semejantes, tanto así, que la emoción y a veces el llanto me contagia y agradezco a Dios el tener la capacidad y la posibilidad de entregar un mínimo de tiempo y escuchar, quizás no siempre solucionar el inconveniente o la situación de salud, pero sí establecer ese contacto, la consideración que merece esa persona.
En la búsqueda de apoyo bibliográfico para esta presentación, encontré un concepto que
no puedo dejar de mencionar: Resiliencia.
Pude observar en distintas revisiones que, aquellas personas consideradas resilientes,
poseen ciertas características que les permiten no sólo enfrentar las adversidades sino además
salir fortalecidas de estas denominándolas como pilares de la resiliencia:
• Humor: encontrar lo cómico en la propia tragedia.
• Un alto grado de creatividad: es decir la capacidad de crear orden, belleza y finalidad a
partir del caos.
• Introspección: mirar dentro de uno y auto-describirse lo más honestamente posible
• Capacidad de relacionarse: habilidad para establecer lazos e intimidad con otra gente,
para equilibrar la propia necesidad de afecto con la actitud de brindarse a otros.
• Iniciativa: gusto de exigirse y ponerse a prueba en tareas progresivamente más
exigentes.
• Independencia: saber fijar límites entre uno mismo y el medio con problemas;
capacidad de mantener distancia emocional y física sin caer en el aislamiento.
• Moralidad: consecuencia para extender el deseo personal de bienestar a toda la
humanidad y capacidad de comprometerse con valores; este elemento ya es importante
desde la infancia, pero sobre todo a partir de los 10 años.
• Autoestima consistente: es la base de las demás características y fruto del cuidado
afectivo consecuente del niño, adolescente o adulto por parte del adulto significativo
De acuerdo con Edith Grotberg (1997) sostiene que las personas toman factores
de resiliencia de cuatro fuentes: "yo tengo" (el apoyo), "yo soy" y "yo estoy" (el desarrollo
de la fortaleza intra-psíquica, y "yo puedo" (la adquisición de habilidades interpersonales y
de resolución de conflictos).

CONCLUSIONES
La comunicación es trascendental en todo proceso de adaptación emocional que demanda
ser portador de una enfermedad:
“Aún antes de que se plantee la necesidad de la operación, el conocimiento de los distintos tipos
de reacciones psicológicas de los pacientes brinda elementos útiles en la anamnesis de cada
enfermo para una mejor interpretación de los datos obtenidos”
A través de la comunicación el equipo de salud puede entender que:
_ Un enfermo que transgrede indicaciones suele estar negando la realidad de su
enfermedad porque ésta le resulta muy difícil de sobrellevar
_ Un paciente con rasgos maníacos puede tener un subregistro del dolor y enmascarar
síntomas importantes de ser tratados a tiempo
_ Un paciente negador que parece muy tranquilo puede demorar aceptar la indicación por
miedo
En todo caso, el profesional de salud debe invertir tiempo y amabilidad en indagar con tacto
los temores y las preocupaciones, que por lo general no son de fácil relato, sólo se logran conocer
cuando se ofrece un espacio apropiado para ello. Así como contar con el consentimiento del
paciente para el procedimiento a realizar. Es esencial acercarse con una sonrisa y demostrar
interés real en la historia de enfermedad del paciente, escucharlo y calmar su inquietud, situación que no siempre se alcanza, ya sea por falta de tiempo, por no personalizar y porque no se establece un lazo de confianza.
El valor que se da a la información y al consentimiento por parte del paciente tiende a
resaltar su autonomía y su capacidad para resolver y decidir sobre su futuro y sobre los
tratamientos que recibirá. Se evita el paternalismo médico que en ocasiones es autoritario y
hasta omnipotente.
Con respecto a la información, es frecuente que como el paciente está presionado por malas
noticias y por una realidad amenazante, sus mecanismos psicológicos de defensa le impidan que
escuche o que comprenda la información.
Cuando un paciente acude a un tratamiento médico lo que pide, además de que se le
resuelva su situación de malestar físico, es que le provean de atención humana, para impedir el
desequilibrio y para sostener su dignidad.

Con “atención humana” el enfermo quiere que el profesional le demuestre interés a él como
una persona total, integrada no solamente por un cuerpo quebrantado físicamente, sino también
como alguien que siente y piensa. En ocasiones junto con sus síntomas orgánicos y sus quejas
confusas le está diciendo “demuéstreme que le intereso”, “preocúpese de mí, de lo que siento, y
pienso”.
Mediante la comunicación, apoyo, demostrando paciencia, acompañándolo, incluyendo a la
familia más cercana, el profesional previene recaídas que pueden ser peores que la enfermedad
misma.
En ocasiones el enfermo quiere que el médico o sus cuidadores se pongan en su lugar, “para
que sientan las mismas sensaciones confusas y deprimentes”.
Los factores emocionales, la estructura de la personalidad la dinámica familiar y la
enfermedad misma, tienen un papel muy importante en la relación del personal de salud con su
paciente. Entonces, al comprender como el paciente se trastorna por los síntomas de la
enfermedad, pueden prevenirse desencadenamientos de otros síntomas que interfieren el
proceso de recuperación.
Por otra parte, y por el lado del personal, éste también está expuesto a las consecuencias de
su actuación profesional. Su preparación lo habilita para “curar”, y en ocasiones no está
dispuesto a no lograrlo; está comprometido parte de su ser profesional y personal. También en
él se producen sentimientos que son interesantes afrontar. Entre ellos, la frustración, por
ejemplo, cuando se produce la muerte de su paciente. Es por lo general, que el profesional
decide objetivar la situación, incluyendo a su paciente y su entorno. Son también maneras de
protegerse de la ansiedad propia de la situación que no se puede remediar. Y he allí la postura
casi de omnipotencia que muestra, que algunas veces se transforma en distante con el paciente.
Se ha pasado desde una medicina tradicional, centrada en el organismo y enfermedad, a una
medicina centrada en la persona. Desde allí contribuye a la comprensión de las complejas
interacciones entre persona y ambiente y el estado dinámico que dicha interacción provoca en el
continuo salud- enfermedad. Es decir el modelo propone un enfoque unificado.
Sicología de la Salud: “estudia, entre otros, las circunstancias interpersonales que se ponen
de manifiesto en la prestación de servicios de salud, incluye acciones útiles para la adecuación de
los servicios de salud a las necesidades de los que los reciben”, Morales Calatayud (1999).
En la actualidad los profesionales de la salud encuentran que las enfermedades crónico
terminales son consideradas como fuentes generadoras de estrés que implican un proceso de
deterioro continuo. Sin embargo, la mayoría de las personas que padecen una enfermedad
terminal no sólo enfrentan la situación sino que en algunas ocasiones la superan saliendo
enriquecidos por la experiencia.
Un profesional de la salud favorece los aspectos positivos que muestran las personas en
situación de adversidad y peligro, las fortalece y prepara para enfrentar las dificultades de la
enfermedad y las estimula para que presenten conductas resilientes.

La tendencia es a integrar el enfoque de la resiliencia en las acciones sociales, educativas y
de salud que abarquen a los sujetos individuales de todas las edades, desde la primera infancia
hasta la tercera edad, pero también a las familias, e incluso a la comunidad.
El personal de salud también debe promover una filosofía de vida positiva, analizando las
bondades de la vida y la importancia de los proyectos de vida.
Potenciar fuerzas internas como son: la creencia en sí mismo, la autodeterminación, la
comparación positiva con otros, el autocontrol, el poder personal para triunfar en la vida y superar los miedos, la fe para mantenerse en la vida y encontrar propósito y significado a la misma. Lo anterior trae como resultado la ecuanimidad, la perseverancia y la autoconfianza.
Reafirmar la dimensión espiritual, entendiendo esta como un “medio de reducir el estrés a
través de la conexión con un poder mayor, superior a sí mismo”.
En el caso de los familiares, lo integran características relacionadas con la cohesión,
ternura, sentimiento de un vínculo afectivo fuerte por parte de los progenitores, preocupación por el bienestar, presencia de apoyo incondicional, fomento a creencias religiosas, seguridad y
estabilidad emocional proporcionada por un modelo parental adecuado.
En el ámbito comunitario se consideran características como la presencia de pares, redes
de apoyo adecuadas (amigos y trabajo), participación en un grupo religioso, conexión con
organizaciones en pro de la sociedad, y calidad del entorno, así como los servicios sociales y de
salud.
De un modelo de riesgo basado en las necesidades y en la enfermedad, se ha pasado a un
modelo de prevención y promoción basado en las fortalezas y recursos que el ser humano tiene en sí mismo y a su alrededor (Cyrulnik, 2002).
El hombre toma elementos para mantener su equilibrio en la vida y cuando alguno de
estos elementos no se tiene en la cantidad y calidad adecuadas, aparece un estado de necesidad o desequilibrio en donde se busca recuperar el equilibrio inicial. Si las acciones para recuperar esto
no se realizan o no son suficientes, este desequilibrio puede permanecer.
Así, la enfermedad es la pérdida del equilibrio entre cuerpo, mente y ambiente, ocasionado por la insatisfacción de alguna necesidad.
La enfermedad posee una característica que es la singularidad, es decir, la actitud del paciente frente a la enfermedad es un factor caracterológico del enfermo mismo. La buena salud
objetiva guarda escasa relación con la sensación de bienestar. El optimismo, un sentido de control personal y la habilidad para encontrar significado a las experiencias de la vida se asocian con una
mejor salud mental.
Importa más la percepción subjetiva del estado de salud para salir adelante y afrontar
mejor la situación presente (Martorelli & Mustaca, 2004), de tal suerte que la psicología de la
salud tiene como uno de sus objetivos la promoción y el mantenimiento de la salud, la prevención y el tratamiento de la enfermedad.

Es por ello que el equipo de salud debe hacerlos conscientes de sus recursos, aquellos que
les permitan sentirse como un ser humano con posibilidades óptimas para continuar su vida y
obtener un beneficio del nuevo estilo de vida que va a implementar (Kern & Moreno, 2007).
Aley (2002) menciona que el papel de los profesionales de la salud es ayudar a la persona
enferma a tener un desarrollo óptimo dentro de las propias limitaciones dadas por su condición,
es decir, no sólo atender la parte física sino ver a la persona en su totalidad, no sólo su
enfermedad.
Se debe reforzar las fortalezas como: alto nivel de espiritualidad, esperanza y una actitud
positiva frente a su diagnóstico, lo cual los hace ver de un modo distinto la situación o el
pronóstico, que se den cuenta de la situación de forma más objetiva y así actuar de manera
responsable en el tratamiento y cuidados indicados por el equipo de salud para lograr la mayor
independencia posible en cuanto a su persona., es decir ser autovalentes.
La atención que reciben los pacientes por parte del servicio hospitalario (relación equipo
de salud-paciente) es un factor primordial que influye en el estado de ánimo del paciente y en sus expectativas en cuanto a la enfermedad.
Los pacientes manifiestan que es fundamental que el equipo de salud les proporcione un
trato amable, de respeto y confianza, brindándoles información veraz en cuanto a su
padecimiento.
La orientación actual en salud intenta cambiar la forma en que se percibe al ser humano:
de un modelo de riesgo basado en las necesidades y la enfermedad, se plantea ahora un modelo
de prevención y promoción basado en las potencialidades y los recursos que el ser humano tiene
en sí mismo y a su alrededor.
Como equipo de salud se debe promover las fortalezas y los aspectos positivos del
individuo para reducir los factores de riesgo y las fuentes de estrés, sin dejar de lado los altibajos
de la enfermedad que están presentes como limitante tanto para el paciente como para el mismo
profesional de salud.
El personal que debe laborar en el campo de la salud, con un nivel científico y técnico,
debe demostrar además del amor hacia su trabajo, un elevado grado de vocación.

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APLICACIONES DE LA PSICOLOGÍA EN EL PROCESO SALUD ENFERMEDAD, Libertad Martín Alfonso
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